Inmigración libanesa en Tinogasta, Catamarca: La familia Quintar
- Autor; Dr. Celín Angel Quintar
- 9 mar 2018
- 15 Min. de lectura
Actualizado: 31 oct 2021

La realización del “1er. Encuentro Generacional ‘Los Quintar’”, en la ciudad de Tinogasta, el 14 de febrero de 2.015, alentó fuertemente este trabajo.
Se pretende, mediante este trabajo, efectuar algunos aportes originales sobre la investigación genealógica de familias de este origen en el actual territorio nacional argentino y particularmente en el NOA.
Invitados por el Centro de Estudios Genealògicos y Heràldicos de Catamarca
II Jornadas de Historia de la Familia y Genealogìa de Catamarca
Federaciòn Argentina de Genealogìa y Heráldica - 5 y 6 de junio de 2.015
San Fernando del Valle de Catamarca.
EXPOSITORES - PONENCIA
Dr.Celín Ángel Quintar (Investigador Independiente)
Guillermo Kemel Collado Madcur (Presidente de la Sociedad de Genealogía y Heráldica Argentina y del Centro de Genealogía y Heráldica de San Juan)

Inmigración libanesa en Tinogasta, Catamarca: La familia Quintar
El proceso de inmigración masiva que afectó a nuestro País a fines del siglo XIX y principios del XX provocó la radicación de familias de diversos orígenes geográficos, étnicos, religiosos y lingüísticos, que paulatinamente se fueron insertando e integrando en sus respectivas sociedades receptoras.
En este caso particular, se analizará la radicación e inserción de la familia Quintar, procedente de la localidad de Mtáin, provincia de Monte Líbano, Líbano, en las localidades de Tinogasta y Medanitos, provincia de Catamarca.
Luego de una introducción en la cual se analizarán las causas, particularidades y modalidades propias de la inmigración libanesa y siria en la Argentina, se presentarán luego diversas ramas de un frondoso árbol genealógico.
Justificación
El denso y complejo proceso migratorio experimentado por nuestro país a fines del siglo XIX y principios del XX generó numerosas investigaciones desde el punto de vista histórico, pero no tantas de carácter genealógico, especialmente en determinadas colectividades. El hecho de que algunas familias ya estén cumpliendo un siglo de radicación en este suelo y que se hayan venido desarrollando trabajos de investigación acerca de otras de ellas por parte de centros genealógicos tales como los de Rosario y San Juan, así como que haya sido uno de los temas explícitamente abordados en congresos genealógicos como los de San Juan en 2011 y Catamarca en 2013, al mismo tiempo que el reciente desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, alentaron en gran medida la concreción de esta investigación.
El apasionamiento puesto y el interés despertado por los relatos de los abuelos, los cada vez más crecientes deseos nuestros de conocer “cómo será allá”, el desconocimiento de otros acerca de esta realidad, el desinterés y la indiferencia de muchos, y la distorsión de algunos datos de la realidad, tornó atrapante nuestro indagar.
Una familia en particular capta nuestra atención en este momento y es la familia Quintar, cuyas historias particulares de sus respectivos genearcas pasaremos a desarrollar.
Agradecimientos
Agradecemos profundamente la colaboración de nuestra tía abuela Zain Quintar de Madcur, ya fallecidas, nuestros tíos Kamal Musri, Hadel Quintar, Alba Quintar de Quintar y Salma Quintar de Musri, nuestra tía en el cariño Virginia Quintar de Ruiz, y nuestro primo Omar Quintar, por los datos proporcionados. La gratitud y el cariño también a la memoria de nuestro querido tío, Dr. Julio César Medawar, por su constante estímulo, parte de cuya biblioteca privada documenta esta investigación. Apreciamos asimismo el aporte de nuestros tíos C.P.N. Kamal Musri por facilitarnos bibliografía específica, e Ing. Monir Madcur por facilitarnos cartografía actualizada.
Inmigración árabe en Argentina
Es notorio que en Argentina haya llegado inmigración árabe procedente del continente asiático, cuando la Carta Magna de este país sudamericano, aún después de su reforma de 1994 a instancias de un Presidente de ascendencia siria, habla expresamente de “fomentar la inmigración ‘europea’”. En la Nación Argentina encontramos a la colectividad sirio-libanesa entre las más numerosas (después de la italiana, española, y alguna que otra más), difundidas y asimiladas a la cultura nacional, hasta el punto de dar lugar a la figura del “turco gaucho”, sin igual. Un autor provinciano, al referirse al “turco mercachifle”, dijo de este que “en sus visitas periódicas se le vio aparecer cual un gaucho, de chiripá, calzoncillo cribado y pañolón amplio en la cabeza apretado por el sombrero, montando su caballo gordísimo por las mercaderías” (Torres López, 1955, p. 263). Fue del Líbano y Siria de donde procedía la generalidad. Estos dos son los únicos países árabes asiáticos que después de la dominación turca estuvieron bajo tutela francesa, la más latina de las metrópolis de allí, entre la primera y la segunda guerras mundiales. Y, junto con la Palestina (y hoy, dentro de esta, la Franja de Gaza), los únicos países árabes asiáticos con salida al mar Mediterráneo. A propósito de “los turcos” en Argentina, debemos aclarar que tal denominación se debe a que los primeros inmigrantes libaneses o sirios traspusieron el Río de la Plata a fines del siglo XIX (1800...), cuando Líbano y Siria formaban parte del Imperio Otomano; fue esta potencia la que les otorgó los pasaportes con los que vinieron, consignando de esa manera su nacionalidad (Peralta, 1946, pp. 26-27; Zaruj, 1988, p. 62; Wolf y Patriarca, 1991, pp. 155-156; Morandini, 1998, p. 17). Este gentilicio fue empleado no solamente en nuestra Nación Argentina, sino también, por lo menos, en la vecina República de Chile (Allende, 1987, p. 129; Chahín, 2001, pp. 31, 221, 313).
Muchas fueron las causas que en Argentina fomentaron la inmigración. Por una parte, el perfeccionamiento de la navegación a vapor (Peralta, 1946, p. 19; Chahín, 2001, p. 267). Los inmigrantes árabes comúnmente viajaron en barcos de carga italianos o franceses que se dirigían al Asia Menor (Turquía, especialmente Constantinopla) y se detenían en las costas de Siria (Alepo) o Líbano (Beirut o Trípoli), para luego dirigirse nuevamente hacia Nápoles o Génova (Italia), o bien Marsella (Francia) y, desde allí, hasta el Río de la Plata (Allende, 1987, p. 146; Zaruj, 1988, p. 48; Tasso, 1989 en Wolf y Patriarca, 1991, p. 157; Morandini, 1998, p. 18; Chahín, 2001, pp. 29, 253, 256, 279, 286). Tal fue el caso, por ejemplo, de la familia Madcur, que tripuló el barco “Messagero”, perteneciente a la compañía naviera “Julio César”, de la primera de las dos banderas mencionadas (Nabiha Madcur, comunicación personal, 1993). El puerto de Buenos Aires, construido durante la colonización española, y las líneas férreas que la generación de 1880 trazó, hicieron penetrable el territorio nacional en su mayor extensión.
El sociólogo Gino Germani (1965) afirma que los inmigrantes extranjeros en Argentina no pudieron adquirir fácilmente tierras en propiedad, y debieron resignarse a convertirse en pequeños arrendatarios de grandes latifundistas u oficiales menores que se ubicaron en la periferia de la Gran Ciudad, generándose así el conventillo, de condición singular, que inspiró la letra de algún tango o alguna novela, como las de Roberto Arlt. Personalmente consideramos que solo o en mayor medida esta situación en la Pampa Húmeda se debió de dar, puesto que la inmigración extranjera en nuestra Provincia numerosísimas veces logró en breve el acceso a la propiedad. Coincidimos entonces con el geógrafo Federico Daus (1971), quien nos da la razón al señalar a Cuyo como con características peculiares que impulsaron a muchos inmigrantes extranjeros directamente a esta región, sin detenerse en la Gran Capital. Siguiendo en esta lógica de nuestro análisis, Morandini (1998), tal vez refiriéndose a los inmigrantes árabes en la Argentina en general o en la Pampa Húmeda en particular, anota: “Caminantes de las ventas, sin horarios ni patrones, que acercaron a los distantes las cosas que venían de lejos…. sin la promesa de una tierra propia para vivir, se convertían en comerciantes del camino” (p. 26). En este sentido, Wolf y Patriarca (1991), apuntan:
“El cashe desafiaba las leyes del espacio: no podía caber tanto en tan escaso volumen. Lo que le pidieran, tenía, o podía conseguirlo sin falta para el día siguiente. De esa caja de Pandora brotaban hilos, cintas, agujas, botones, alfileres, hebillas, peines, peinetas, aros, broches, anillos, jabones, percal, lienzo, bombasí y frascos de agua florida para perfumar la existencia.
Cuando se acostumbraron a su figura, las matronas y las jóvenes saludaban su visita con ávida curiosidad. Pocas oportunidades había en un pueblo muerto para adquirir lujos ciudadanos o sus imitaciones. El turco las tentaba con moños y telas y puntillas que el tedio de la siesta iba a convertir en vestidos para el paseo dominical. De un perfume, de un polvo de arroz o unos aros de chafalonía que trajera el turco a tiempo dependía el éxito en el baile del club social, la propuesta del candidato y hasta el casamiento.” (Wolf y Patriarca, 1991, pp. 164, 166.)
Por el contrario, Flores (en Suárez de Carrara, 1996), al aludir particularmente a los inmigrantes árabes en La Rioja, dice de ellos: “fundaron verdaderos emporios donde todo era posible:… el almacén de ramos generales que vino a reemplazar a las antiguas pulperías del gaucho, donde nada faltaba, desde un clavo hasta el más delicado género” (p.10). En esta misma línea, otros autores describen, con cierta profusión, casos de similar tenor:
“…, allí se podía comprar de todo: alimentos, abonos, desinfectantes, telas, medicamentos y si algo no figuraba en el inventario, se lo encargaban al turco para que lo trajera en su próximo viaje.” (Allende, 1987, p. 133.)
“En los pueblos importantes era de ellos [los inmigrantes árabes] el negocio de ramos generales que vendía desde horquillas hasta remedios y arados.” (Wolf y Patriarca, 1991, p. 167.)
“Podían vender una cuna o un féretro, la fina cinta de seda que anuda la bata del bebé o el ancho merino para el crespón de la muerte; la puntilla de la fiesta o el cotín del descanso, el broche de los cabellos o los botones de la bombacha. Hilos de Irlanda, lienzos de Japón, brines de Italia, bramantes de Inglaterra. El mundo dentro de una canasta para hacer las sendas de un país que comenzaba a construir su propio destino.” (Morandini, 1998, p. 26.)
Además de esto, Flores (en Suárez de Carrara, 1996), en otro pasaje de su citado escrito, señala: “Su integración a la nueva patria se realizó en el mostrador donde desarrollaban su actividad constante y sin descanso” (p.9). A este último respecto, Wolf y Patriarca (1991) añaden: “… privilegiaban la casa propia, baluarte de la institución familiar…. La casa propiamente dicha por lo general no era más que la trastienda del negocio a la calle del comerciante instalado. Apenas una cortina separaba la vida pública de la privada.” (p. 160). Estos últimos datos, a nuestro criterio, dan cuenta de la factibilidad y relativa celeridad del acceso a la propiedad de bienes raíces en el Interior de nuestro país. Por su parte, la narrativa de las autoras trasandinas Allende (1987) y Chahín (2001), efectúa algunos aportes que abonarían nuestra hipótesis:
“… allí instaló su hogar y su almacén. Como tantas viviendas campesinas, la suya era cuadrada, con las habitaciones dispuestas alrededor de un patio, donde crecía una vegetación alta y frondosa para proveer sombra, palmas, helechos y algunos árboles frutales…. Las tres salas grandes del frente se ocupaban para el almacén y hacia atrás estaban los aposentos, la cocina y el baño.” (Allende, 1987, p. 133.)
“… su trabajo principal era una pequeña tienda que había instalado en la única habitación que daba a la calle,…. / -Viven allí mismo, dentro de la tienda hay una puerta que conduce a la casa. [Esta última referencia corresponde a la Argentina.] / -…., esta casa que tienes ahora es muy buena y la tienda la tienes aquí mismo; prácticamente no tienes que salir de tu hogar para ir al trabajo, donde estás amasando una verdadera fortuna.” (Chahín, 2001, pp. 72, 346, 475.).
Volviendo a nuestro País, podemos afirmar que la transacción comercial, ya como dependiente del paisano que llegó primero, ya como propietario de un nuevo bodegón, una vez que aquí se radicó, hizo del mostrador un espacio de negociación, no sólo comercial, sino también simbólico: fue allí donde este inmigrante aprendió el idioma por simple imitación, y no pocos fueron los malentendidos que muchas bromas generó. El típico trueque de la “p” –fonema inexistente en su alfabeto original- por “b” –la, para ellos, más parecida y fácil de pronunciar-, sumado a su aparentemente natural propensión a comerciar, engendró en “beine, peineta, jabón, jaboneta”, un remanido pregón. Los hijos de inmigrantes se educaron en la escuela pública y gratuita que, por ser también laica, no los obligó a un eventual cambio de religión. En más que un caso, esta primera generación argentina terminó ejerciendo, con sus padres extranjeros, el oficio de traductor.
En otro orden de cosas, el artículo 20 de nuestra Constitución Nacional, reconoce al inmigrante extranjero casi los mismos derechos que al argentino natural, sin hacer necesario el cambio de nacionalidad. Solo en materia de derechos electorales la condición es desigual. Los ciudadanos extranjeros no podían ni pueden elegir ni ser elegidos para un cargo nacional ni provincial, sí en cambio para uno municipal. No obstante esta diferencia, al momento en que se desencadena la inmigración masiva en suelo argentino, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, no se había aún desarrollado una participación política plena en territorio nacional. El sufragio era todavía masculino, voluntario y oral. La ley Roque Sáenz Peña tardaría un tiempo en asomar. Un pueblo de Santiago del Estero experimentó una vivencia única: un concejal se quejó de que los restantes cuatro del mismo cuerpo deliberativo hablaban árabe al sesionar (Peralta, 1946, p. 331). Además, en varias localidades de esa misma Provincia, la misa ortodoxa bizantina se reza bajo una ramada y en lengua quíchua (Binayán Carmona, 1999, p. 144).
Historias de familias
Familia Quintar: Rama Ali Quintar y Kemel Quintar: Testimonio de Zain Quintar de Madcur
Los Quintar son del Mtáin, un pueblo chico, en el Líbano, con habitantes maronitas y drusos; en este caso, más maronitas que drusos. Tenía una escuela de sacerdotes y religiosas católicos donde enseñaban francés e inglés, además de árabe. El abuelo de Zain compró un castillo, donde vivieron emires, varios de los cuales se enfermaron y murieron; quienes quedaron, vendieron y se fueron. Se trata de una casa grande, con una sola viejita de casera.
Zain es hija de Assad Quintar y Afife Merdez. Su padre, con 22 años, falleció; su madre, para entonces, contaba 18. A los cinco años de enviudar, su madre contrajo nuevas nupcias con un hombre de apellido Módabi, de Haseruén, otro pueblo, con quien tuvo dos hijos varones, hermanos de Zain por parte de madre. Zain vivía con su abuela y su tía paternas.
Ali Quintar y Assan Quintar, hermanos entre sí, y ambos tíos paternos de Zain, habían vivido juntos e instalado negocio en Tinogasta, Catamarca; luego ambos volvieron al Líbano. Ali se casó, no le gustó el Líbano, y se volvió a Argentina; trajo consigo a su esposa y su sobrina Zain; finalmente se radicaron en San Juan. Assan se quedó en el Líbano; es el padre de Tufik Quintar, sheij druso que posteriormente visitó la ciudad de San Juan. En Tinogasta quedaron viviendo Amín Quintar, hijo de Assan y hermano de Tufik; y Kemel Quintar, sobrino de Manuel (de quien se habló antes y se hablará luego). Kemel Quintar era hijo de Martín Quintar, primo de Manuel (Hadel Quintar, comunicación personal, 08/06/02). A esta misma rama pertenece Amado David“Coco” Quintar, quien fuera intendente de Fiambalá y Diputado Nacional por Catamarca (Alba Quintar, comunicación personal, 08/06/02).
Kemel Quintar con su esposa Delia "tuvo siete hijos: Selìm Martin, Hayfa, Wadía“Nena”, Rosa, Manuel“Pocho” ,Yamal y Ana Maria.
Selim Martìn Quintar con su esposa Haydeè Segura tuvo cinco hijos: Celìn Angel, Nestor Edgardo, Armando "Pocho", Eduardo del Valle y Carolina, todos bisnietos de Martìn Quintar.
Celìn Angel Quintar tiene tres hijo; Naim, Raissa y Samia, todos bisnietos de Kemel y Delia Quintar y nietos de Selim Martin Quintar.
Zain Quintar contaba con 10 años de edad cuando, junto con su tíos paternos Ali Quintar y Mahiba Umadi Betmede de Quintar, llegó a San Juan el 5 de marzo de 1924. Ya llevaban dos meses en Argentina: uno en Buenos Aires y otro en Córdoba. A los 10 días de haber llegado a San Juan, nació Emilio Quintar, el primer hijo del mencionado matrimonio, tíos de Zain. Cuando Ali y familia vinieron a San Juan, ya estaba acá Manuel Quintar, quien los hizo traer de Córdoba. Ali Quintar se dedicó al comercio de ramos generales en Villa Colón, Caucete. Con su esposa procrearon ocho hijos. Emilio Quintar, falleció en San Juan el 26 de mayo de 2002.
En 1928 ó 1930 llegó Mahmud Quintar. Los padres de Mahmud eran primos de los padres de Zain. La abuela de Zain era hermana del abuelo de Mahmud.
De la religión drusa, Zain recuerda una oración que le enseñaron su abuela y su tío, la que afirma rezar siempre.
Familia Quintar: Rama Manuel Quintar: Testimonios de: Kamal Musri, Alba Quintar de Quintar, Salma Quintar de Musri, Virginia Quintar de Ruiz y Omar Quintar
Manuel Quintar nació en el Líbano, en la localidad de Ras-El Mtáin, el 14 de octubre de 1888 (Kamal Musri, 2000; Salma Quintar, comunicación personal, 2003). Su madre fue Zaquíe Arslán, de este lugar, quien contrajo enlace con Mohamed Quintar, de Mtáin. Zaquíe era de familia de emires, vivía en un castillo y estudió en Inglaterra. Mohamed y Zaquíe tuvieron dos hijos: Manuel y otro; este último, padre de Ryad, quien fue embajador del Líbano en la Argentina. Mohamed se divorció de Zaquíe y se llevó consigo a sus dos hijos, chicos. Con Manuel, quien tenía 10 años, se fue a Estados Unidos y trabajó en una mina de carbón. Allí estuvieron un tiempo, a Mohamed no le fue muy bien y regresaron al Líbano. Manuel, a los 16 años, se casó y tuvo una única hija, Wadía, quien más tarde también contrajo enlace y dejó descendencia. Manuel se divorció de su primera mujer y vino a América (Alba Quintar, comunicación personal, 2002).
Manuel, a muy temprana edad, mostró gran capacidad como empresario. Considerando que en el Líbano, en aquella oportunidad, y siendo aún parte del Imperio Otomano, había pocas perspectivas para el desenvolvimiento de la actividad individual, se embarcó con destino a Estados Unidos, pero, al llegar a la isla Ellis, le rechazaron el pedido de desembarco, ya que presentaba alguna anomalía en la vista . No se amilanó y siguió con el propósito de quedarse en América, desembarcando en Panamá, de donde prosiguió al sur, pasando por Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Sabiendo que en la provincia de Catamarca había otros parientes, con gran riesgo pasó, a lomo de mula, por el paso de San Francisco, quedando atrapado en plena Cordillera, a raíz de una tormenta de nieve. Dadas las escasas posibilidades de proseguir, tuvieron que sacrificar una de las mulas para poder soportar la falta de alimento y otras necesidades (Kamal Musri, 2000). De Catamarca pasó, alrededor de 1916, a Caucete, San Juan, donde, el 1 de mayo de 1919 tuvo, en María Obdulia González Domínguez, a su hija Virginia (Virginia Quintar, comunicación personal, 1997). Alrededor del año 1925 contrajo enlace con Adela Madcur, hija de Faiad Madcur y Faride Madcur, después también afincados en San Juan. Con ella tuvo a sus hijos: Guillermo Salim, nacido circunstancialmente en Córdoba, Salma y Alba Adela; las dos menores nacidas en Caucete, San Juan.
Es de destacar que este hombre fue un autodidacta, ya que en los negocios que encaró, si bien tuvo algunas dificultades, una vez concretados estos, demostró gran pericia para incrementarlos. Ya establecido en la provincia cuyana, incursionó en el negocio vitivinícola y, luego de asociarse con algunos productores de la zona, comenzó la industrialización de la uva, ya sea en vinos, pasas u otros derivados, radicandose en Caucete, donde se asoció con Nahim Ahún (Kamal Musri, 2000), esposo de Julia Marún (Virginia Quintar, comunicación personal, 1997), en la bodega “La Pampa”, sociedad que duró hasta el año 1932, fecha en que, debido a multas y privaciones de su libertad durante el gobierno del doctor Federico Cantoni, tuvo que emigrar a la provincia de Jujuy (Kamal Musri, 2000). En Villa Colón, Caucete, un 15 de setiembre de 1925, fundó, junto con otros paisanos, la “Sociedad Árabe”, de la que fue su primer secretario (Assaf, 1949). También fue socio fundador de la Bolsa de Comercio de Mendoza (Omar Quintar, comunicación personal, 2003).
Manuel Quintar llevó consigo de Caucete a Perico, Jujuy, a Fabián Oche, Guillermo Guzmán y otro hombre. Las hijas de Guzmán, más tarde, trabajaron en la bodega que don Manuel instalara en esa provincia (Alba Quintar, comunicación personal, 2002).Ya radicado en el Norte, con los señores Farid Fernando Fiad, José Haidar y José Yamín (Kamal Musri, 2000) (este último esposo de Filomena Marún, sanjuanina -Virginia Quitar, comunicación personal, 1997-), todos libaneses, formaron una sociedad para la producción y fraccionamiento de vinos de la zona y de los provenientes de San Juan y Mendoza (Kamal Musri, 2000). Fiad y Yamín eran católicos y Haidar musulmán (Alba Quintar, comunicación personal, 2002).
Don Manuel Quintar, dada la experiencia que adquirió en esa actividad, fue reconocido como un gran industrial, lo que le valió que se le otorgará una distinción con una medalla del Centro Vitivinícola Nacional. Fundó la primera planta de fraccionamiento de vinos de Jujuy, y, ya rodeado de sus familiares, gestó una gran empresa vitivinícola que se llamó “Bodega Jujuy Manuel Quintar S.A.”, la cual tuvo un reconocimiento, tanto en Jujuy, para la elaboración del vino Monterrico, como en la provincia de Catamarca, donde construyó una bodega para elaborar vinos en Fiambalá.
También incursionó en Cafayate, provincia de Salta, donde, en cinco años consecutivos, compró la producción total de vinos de la firma Etchart. Amén de la actividad específica de vinos, y a raíz de haber adquirido la Bodega Regional de Jujuy, ubicada en Campo de la Tuna, destiló alcohol vínico proveniente de los subproductos de la elaboración de vinos. Durante 30 años sus empresas fueron las más importantes en el rubro de vinos y, dada la seriedad de su proceder, la C.A.V.I.C. de San Juan le otorgó la exclusividad en el fraccionamiento y distribución de sus vinos en las provincias de Jujuy y Salta. No conforme con su actividad de gran empresario, no escatimó esfuerzos para hacer viñedos en la Quebrada de Humahuaca y transformar esa zona en gran productora de vinos. Lamentablemente y dado lo avanzado de su edad, no pudo cumplir con sus propósitos, pero realizó experimentación de variedades que en el futuro pueden ser importantes para el desarrollo de la región (Kamal Musri, 2000).
El padre de don Manuel contrajo segundas nupcias con Hend, y tuvieron por hijos a: Fehed, Salim, Wadé y otro que falleció en una de las guerras árabe-israelíes. Fehed era policía en el Líbano. Manuel trajo a Perico, Jujuy, a Fehed y a Salim, quienes formaron su hogar con mujeres libanesas y tuvieron todos sus hijos profesionales (Alba Quintar, comunicación personal, 2002).
En lo social y comunitario, tuvieron importante repercusión las actividades de don Manuel, formando él parte de instituciones de prestigio en el medio, tales como el Rotary Club, la Cooperativa de Electricidad, la Cooperativa Telefónica, la Sociedad Sirio Libanesa, y siendo considerado un hombre de consulta para los proyectos de entidades de la producción (Kamal Musri, 2000). Destinó una de sus propiedades a la fundación de un pueblo, “Villa La Paz” (Alba Quintar, comunicación personal, 2002). Falleció el 11 de junio de 1969 a los 80 años y se encuentra sepultado, conjuntamente con su esposa e hijo, en el cementerio de Ciudad Perico, “a la cual sirvió con tesón y patriotismo”. “Nunca escatimó esfuerzo por el bienestar de la comunidad que conformaba”. Su hijo Guillermo, quien fuera enólogo y dos veces intendente de Ciudad Perico, falleció en esta última el 11 de julio de 1990 (Kamal Musri, 2000; Salma Quintar, comunicación personal, 2003).
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